Hablar de edadismo con perspectiva de género es hablar de una desigualdad que no empieza a partir de una edad concreta, sino que muchas veces se intensifica en ella. Los datos revelan la magnitud de la situación: en Europa persiste una brecha salarial del 12,7 %; 6,6 millones de mujeres viven en riesgo de pobreza o exclusión social en España; y las mujeres reportan mayores niveles de soledad no deseada que los hombres.  

A lo que se suman otras cifras alarmantes. Viridiana Chacón, responsable de comunicación en HelpAge, alerta de que, según datos del Sistema VioGén, el 72 % de los feminicidios de mujeres mayores de 60 años se producen dentro del matrimonio, y muchas de ellas han pasado más de 40 años en situación de violencia. Más que una suma de factores aislados, lo que se refleja es un patrón. Que la edad y el género se cruzan y suman,  y que generan una forma específica de desigualdad. 

 

El peso del imaginario social 

Una de las ideas más repetidas en la conversación es que no existe una única manera de envejecer. El envejecimiento es un proceso biológico, pero en el que también influyen   factores culturales y sociales. Por lo tanto, la llamada vejez no es solo una etapa vital. Es también una construcción social sobre la que proyectamos ideas, prejuicios y expectativas. 

En nuestra cultura, el paso del tiempo se asocia con demasiada frecuencia al declive, la fragilidad, la dependencia, la improductividad o la enfermedad. Esa construcción negativa no se queda en el plano simbólico. Muchas veces justifica decisiones, tutelas y limitaciones que reducen la autonomía de las personas mayores, incluso cuando se presentan como gestos de cuidado o protección. 

Desde HelpAge, Carla Bonell, responsable de derechos humanos y coordinadora del Servicio Estatal de Atención a Personas Mayores, insiste en la idea de que envejecer no es el problema. El problema es la mirada social con la que se interpreta esa etapa de la vida.  

La desigualdad no desaparece con la edad 

La edad no borra las desigualdades previas. En muchos casos, por el contrario, las hace más visibles y difíciles de revertir. Hablar de mujeres mayores implica hablar también de trayectorias de vida marcadas por la brecha salarial, la temporalidad laboral, los cuidados no remunerados, la inseguridad económica y la soledad. Por no hablar de que en las mujeres el trinomio belleza-juventud-relevancia es casi una (falsa) “realidad” socialmente compartida. 

Muchas mujeres llegan se hacen mayores después de haber sostenido dobles jornadas de trabajo durante años, de haber interrumpido su vida laboral para cuidar a otras personas o de haber desarrollado carreras más inestables y peor remuneradas. El 75 % de los contratos parciales están firmados por mujeres.  

Esa desigualdad acumulada impacta después en sus pensiones, en su independencia económica y en su capacidad para vivir esa etapa con seguridad y bienestar. HelpAge recuerda que hay políticas que no tienen en cuenta esos recorridos vitales, lo que termina por reforzar una discriminación que es edadista y sexista a la vez. 

También la soledad tiene un claro sesgo de género. Las mujeres viven más años, enviudan con mayor frecuencia y, en muchas ocasiones, afrontan en solitario cuidados y decisiones para las que no siempre cuentan con apoyo suficiente. La feminización del envejecimiento es una realidad que obliga a reflexionar sobre cómo envejecen las mujeres y en qué condiciones lo hacen.

 

Edadismo con mirada de mujer 

El edadismo se define como un conjunto de estereotipos, prejuicios y discriminaciones basadas en la edad. Sin embargo, en el encuentro dimos un paso más allá y se puso de manifiesto que, cuando se cruza con el género, ese tipo de discriminación adopta formas concretas y más complejas. 

Por un lado, está el edadismo institucional, que se manifiesta en leyes, normas o prácticas que limitan oportunidades. Por otro, el edadismo interpersonal, que aparece en el trato cotidiano, en la falta de escucha o en la tendencia a decidir por las personas mayores. Y existe también un tercer nivel, menos visible pero muy presente, el edadismo autoinfligido, que se produce cuando la persona interioriza esos mensajes y empieza a aplicárselos a sí misma. 

En este sentido, una de las frases más reveladoras del encuentro fue una expresión escuchada por HelpAge en un grupo focal con mujeres mayores, que repetían “ya no estoy en edad para estas cosas”. No es solo una expresión cotidiana. Es un ejemplo claro de cómo una mirada social repetida durante años puede llegar a convertirse en un límite interiorizado. 

Si ese límite nos lo ponemos nosotras mismas, ¿también tenemos que poner la solución cada una? Otra de las reflexiones clave en la conversación fue que la discriminación es estructural, por lo que el cambio debe ser colectivo. No se trata de pedir a cada mujer que cambie su percepción sobre la vejez mientras el entorno mantiene e incluso promueve una única forma de envejecer (o de intentar no hacerlo), un ideal de cuerpo imposible o una versión amable de la invisibilidad. En este punto, las ponentes subrayaron la importancia de evitar poner más carga sobre cada mujer, porque hacerlo incluso puede llegar a responsabilizarlas personalmente de ese estigma. 

Dónde se manifiesta y qué consecuencias tiene 

Las formas de discriminación hacia las mujeres mayores no se limitan a un solo ámbito. Se reflejan en varios aspectos de la vida cotidiana, con consecuencias que afectan de manera significativa a su bienestar. 

  • Ámbito sanitario y sociosanitario. Las mujeres mayores suelen recibir una atención médica deficiente o desestimada. Las enfermedades son a menudo atribuidas a la menopausia o al paso de los años, lo que impide un diagnóstico adecuado y un tratamiento eficaz. Esta disparidad en la atención contribuye a un mayor riesgo de problemas de salud no tratados y empeorar su pronóstico y lacalidad de vida. 

  • Ámbito laboral. Las mujeres mayores enfrentan una doble discriminación, por su edad y por su género. Esto limita su acceso a oportunidades profesionales nuevas y afecta también a sus ingresos, pensiones y seguridad económica al hacerse mayores. A menudo, se las considera menos competitivas frente a perfiles más jóvenes, incluso si tienen una formación sólida y una amplia experiencia. Y esto se agrava a medida que cumplen años.  

  • Ámbito social y comunitario. Socialmente, las mujeres mayores cargan con una presión mayor para mantener una imagen juvenil. Mientras que los hombres son percibidos con respeto y sabiduría (algunos, incluso incrementan su atractivo según los estereotipos sociales) a medida que envejecen, las mujeres se enfrentan a una constante lucha contra los modelos de belleza de juventud eterna y son criticadas tanto si los siguen como si no lo hacen. 

  • Ámbito jurídico. En muchos casos, las leyes y políticas existentes no consideran las particularidades de la vejez femenina, lo que las coloca en una situación de vulnerabilidad. Medidas desiguales que perpetúan la exclusión en un ámbito al que muchas de ellas recurren en momentos críticos, como cuando buscan asistencia social o jurídica ante un problema determinado. 

Todo esto se traduce en un peor estado de salud, una menor calidad de vida, un mayor aislamiento social, e incluso en la desestimación de ejercer y hacer respetar sus derechos. Este entorno de desconfianza y marginación impacta directamente en su capacidad para vivir con dignidad 

Por lo tanto, podemos decir que no estamos ante un fenómeno aislado, sino ante el reflejo de una sociedad en la que la dignidad de las personas mayores, especialmente de las mujeres, se encuentra en una situación de gran vulnerabilidad. Cerramos el encuentro con una cita de Virginia Woolf, que recuperamos para dar cierre también a este artículo: 

“Cuántas mujeres olvidadas porque ni siquiera ellas mismas pudieron, pueden o podrán decir “esta boca es mía”, “este cuerpo es mío”, “esto es lo que yo pienso”.  

Virginia Wolf, escritora modernista y figura clave del feminismo