Para profundizar en esta cuestión, conversamos con Pepa Bueno, periodista con una amplia y reconocida trayectoria en medios de comunicación. Aquí tienes la entrevista con la periodista, editora del Telediario 2 de TVE y antes directora de El País. En la Cadena SER, Pepa Bueno, fue la responsable de los programas Hoy por Hoy y Hora 25. Como era previsible, la conversación dio para hablar sobre mucho más que el edadismo porque, como leerás, es una mujer que tiene mucho que contar.

Eres mujer en una profesión “sospechosa” de aplicar el edadismo contra las mujeres, sobre todo cuando hablamos de TV, que es en el medio en el que ahora estás tú. ¿Cómo consideras que es esto actualmente? 

Sí, algo ha cambiado, han cambiado muchas cosas. Yo llegué a las redacciones en los años 80. Estaban llenas de mujeres, pero muy pocas de ellas en los despachos. Eso ha cambiado, claro que ha cambiado, pero el edadismo que está presente en toda la sociedad, naturalmente que castiga también a las mujeres periodistas y especialmente en televisión, donde existe una enorme tiranía de la imagen.

Sobre esa tiranía te doy un ejemplo muy sencillo, el de las canas. Parece muy prosaico, pero es verdad. Yo siempre propongo imaginar a una mujer que a los 50 años hubiera hecho o hiciera hoy información en televisión como presentadora de un gran programa informativo o de actualidad. Y pensemos en ella con las canas que  hacían tan interesantes a personas como Lorenzo Milá, a David Cantero cuando tenían 50 años o en la actualidad a Carlos Franganillo.

Como decía, ha habido evolución, pero el edadismo está ahí. Yo soy una mujer de 63 años que ha vuelto a hacer pantalla después de casi 15 y en un informativo de primetime. Creo que ahora mismo, si no me equivoco, soy casi la única de esa edad. Ahí está Matías Prat, que es mayor. Ahí está Vallés, que es de mi edad, y acaba de jubilarse Pedro Piqueras. El porcentaje de mujeres mayores frente al de hombres mayores en la primera línea de la presentación de grandes formatos es todavía muy reducido, aunque hay excepciones, por supuesto.

Desde tu profesión puedes haber detectado también este problema en otros ámbitos. ¿Qué otros edadismos de género identificas en tu trabajo o alrededor de tu trabajo (por ejemplo, colaboración de expertas para apoyar informaciones de carácter divulgativo, técnico o científico)?

El de la opinión. El edadismo en la opinión es el más evidente. En periodismo esa ha sido la última trinchera del machismo durante mucho tiempo. Hemos llenado las mesas de tertulias, hemos escrito y escribimos columnas, pero el porcentaje de opiniones de mujeres sobre hechos relevantes que se reproducen, citan o retuitean es mucho menor que el de hombres.

En algunas mesas de análisis que he conducido me he encontrado con que alguien hace una cita de un hombre y pensar yo, "pero si esto lo dijo Soledad Gállego Díaz hace un mes, o esto lo había dicho ya Lucía Méndez, o esta reflexión yo se la escuché a Esther Palomera".

Es muy difícil que se cite la opinión de una mujer en el día a día. Hay excepciones para todo, no tengo la menor duda, pero es más difícil que se cite de una manera laudatoria. Para criticarla, naturalmente que sí, pero de una manera laudatoria no. Ese es un ejemplo que todavía compruebo al volver a la televisión 15 años después de haberla abandonado.

El de la conciliación es un problema también generalizado y evidente en todos los sectores. Es probable que en los medios sea mayor, con horarios a menudo muy largos y poco normalizados. ¿Cuál crees que es el reto de la profesión periodística (y también en el resto de las profesiones) en este campo? 

La conciliación es un hándicap para las periodistas. Claro que lo es. Este es un oficio en el que no es que no haya tiempo libre. Lo hay, pero es muy difícil sistematizarlo y la crianza necesita rutina, tiempo sistemático de dedicación.

Esto apela a la sociedad en su conjunto. Lo primero, apela a los hombres, a los padres de esas criaturas que también tienen una responsabilidad en su crianza. Tengo que decir que este aspecto ha cambiado extraordinariamente. Sí que lo noto en las generaciones nuevas de padres. Pero me cuesta más ver esa implicación en relación con la carga mental de la gestión de la vida doméstica que observo en las generaciones más jóvenes. En general, ese peso recae aún en las mujeres.

Pero es cierto que en lo que se refiere a la crianza, los hombres empiezan a no querer perderse ese momento mágico y también durísimo.

¿Cómo se podría abordar esta barrera que impide un desarrollo igualitario de las carreras de las mujeres en el periodismo y otras profesiones?

Hay que cambiar estructuras muy profundas, pero muy profundas. Y tienen que ver con que las empresas asuman que sus empleados y sus empleadas tienen, en el periodo de crianza, una sobrecarga que naturalmente merma el tiempo de dedicación a la carrera. ¡Aunque solo sea por peso, por carga mental!

Por tu trabajo has conocido las élites políticas, del poder o los ámbitos de decisión en el país. ¿En qué ha mejorado la representación de las mujeres en estos ámbitos en los últimos años? ¿Qué consecuencias crees que tendría para la sociedad y la economía si las mujeres ocuparais más posiciones de poder y decisión?

Una observación que hago en el ámbito de la política y del liderazgo en general, no solo político, sino también empresarial, es que los liderazgos de las mujeres son muy breves, más que los de los hombres. Sus carreras se queman mucho antes y no hay más que repasar los últimos 20 años de la vida política española para comprobarlo.

Los hombres consiguen consolidar carreras y liderazgos en la política, en la empresa y en cualquier ámbito social. Logran trayectorias muy largas. Las mujeres tienen un "momento fogonazo", pero sus carreras se consumen antes. Creo que esto es un sesgo de género evidente.

¿Quieres añadir algo más sobre este tema para las personas que trabajamos en Triodos Bank en España (plantilla 60 % mujeres y 40 % hombres)?

Sí, que no hay que abandonar la batalla. 

Este es un camino muy largo porque toca todas las estructuras de la sociedad en los ámbitos público y privado. ¿Cuánto poder y cuánto privilegio tocará el feminismo en la batalla por la igualdad de derechos, que una pequeña ventana de oportunidad que se ha abierto en este siglo XXI, con el Me Too, por un lado, y con reformas legislativas por otro, se puede considerar como histórica?

Eso ha provocado una reacción extraordinaria, hasta el extremo de que ahora conocemos encuestas que nos dicen que los chavales más jóvenes interpretan el feminismo como una merma de su posición. Claro que es una merma de su posición, porque cuando cuando se reparte, alguien pierde. Si alguien tenía toda la tarta y hay que repartirla, la porción se reduce.

Pero esta es una batalla larga que, a mi juicio, no tiene vuelta atrás de ninguna de las maneras. Las personas de mi edad hemos criado a la generación siguiente de hombres y mujeres con el mensaje de que son iguales que sus compañeros de pupitres en el colegio, de instituto, de universidad. Les hemos dicho que ellas y ellos pueden aspirar a cualquier cosa. 

Estas generaciones, que son las que vienen detrás de mí, se han sentido estafadas. Creo que el resurgimiento del feminismo en los últimos años tiene que ver con el sentimiento de estafa que tienen las treintañeras y las cuarentañeras a las que les dijimos que iban a ser iguales que sus compañeros y que con el primer - y no te digo ya con el segundo - hijo ven que sus carreras se estancan y piensan "así que era esto. Era que lo hiciera todo yo". 

Pues no. No hay que tirar la toalla. Esto irreversible porque hemos educado a las mujeres en libertad y les hemos dicho que podían ser lo que quisieran. La historia nunca es una línea recta, puede haber avances y retrocesos, pero esa semilla está plantada y no tiene vuelta atrás.

Y yo les diría a las mujeres que no se dejen explicar lo que ellas ya saben, que es otro sesgo de género que te reconozco. Ahora mismo, y no conseguimos eliminarlo, una mujer explica en 30 segundos un hecho, un acontecimiento, un dato o una propuesta y su compañero lo hace en 3 minutos porque se siente dueño del espacio público y de la conversación. Las mujeres, por nuestra parte, tratamos de hablar muy deprisa, no sea que vayan a quitarnos la palabra.

Tenemos que estar muy atentas y tener muy despierto el intelecto para no consentir esas "pequeñas" cosas del día a día y dar la batalla con serenidad. Yo confío también en los hombres contemporáneos, que han sido educados de otra manera. Creo que lo que queda por hacer en buena medida lo vamos a hacer juntos.