El principal detonante de ese shock es el cierre efectivo del estrecho de Ormuz por parte del ejército iraní. A través de este paso estratégico se canaliza habitualmente entre el 20 % y el 30 % de los envíos mundiales de petróleo, gas y fertilizantes procedentes de los Estados del Golfo. Por lo tanto, el efecto más inmediato es el fuerte aumento de los precios globales de la energía y los alimentos, mientras que muchos otros bienes se ven afectados indirectamente por el encarecimiento de los costes de producción.
La intensidad del shock inflacionario resultante dependerá de la duración del conflicto y del alcance de los daños en las infraestructuras regionales. Las instalaciones de gas natural licuado (GNL) son especialmente difíciles de reactivar, por lo que, incluso tras la reapertura del estrecho, es probable que durante varias semanas el suministro permanezca por debajo de los niveles previos. La producción de petróleo podría recuperarse algo más rápido, pero también sufrirá retrasos. Según la Agencia Internacional de la Energía, alrededor de 40 infraestructuras energéticas de nueve países de Oriente Medio ya se consideran “gravemente” o “muy gravemente” afectadas por la guerra. Esto genera preocupación ante una posible interrupción prolongada del suministro energético en todo el mundo.
Impacto económico desigual por regiones
El impacto económico de la guerra varía según las regiones, con una escasez grave de suministro en algunas zonas y con importantes incrementos de precios en otras. Asia soporta la mayor parte del impacto directo porque muchos países de la región suelen importar más del 80 % del petróleo y el gas que atraviesa el estrecho de Ormuz. Estos países son especialmente vulnerables tanto a interrupciones del suministro como a subidas de precios, lo que se refleja en los indicadores energéticos de referencia. Los precios globales del petróleo, como el Brent y el WTI, han pasado de niveles inferiores a 60 dólares por barril antes de la guerra a casi 100 dólares. Por el contrario, referencias regionales como el crudo de Dubái y Omán han superado ampliamente los 150 dólares por barril. Esto indica que, a corto plazo, las economías asiáticas afrontarán unos precios más elevados y, en algunos casos, situaciones graves de escasez.
Europa apenas importa el 5 % de su petróleo crudo y el 13 % de su GNL a través del estrecho. No obstante, como gran importador de energía, es muy sensible al aumento de los precios globales. Mientras la guerra continúe, es probable que los precios del petróleo y el gas tiendan a converger entre regiones e impulsen al alza los precios en las economías avanzadas. Esto añadirá una presión adicional sobre la inflación. La actividad económica se debilitará, sobre todo en Asia y Europa, y en menor medida en Estados Unidos, que es exportador neto de energía. Aun así, también los países exportadores se verán afectados. El aumento de los costes de producción se transmitirá por las cadenas globales de suministro, lo que afecta a sectores como la fabricación de semiconductores y frena potencialmente la inversión en inteligencia artificial y en ámbitos relacionados que han servido de motor del crecimiento global en el último año.
Los mercados financieros no son inmunes
Los mercados financieros se han visto sacudidos por la guerra contra Irán. Las bolsas cayeron en los primeros días del conflicto, se estabilizaron parcialmente (en términos de euros) durante las dos semanas siguientes y volvieron a caer a medida que se desvanecían las perspectivas de una resolución rápida. Los mercados de renta variable estadounidenses han mostrado una relativa resiliencia, reflejo de una exposición regional menor y de cierta apreciación del dólar, que ha sostenido las valoraciones en términos de euros.
La mayoría de los sectores bursátiles se han visto negativamente afectados, incluidos los industriales, los materiales, los bienes de consumo básico, las aerolíneas, así como sectores sensibles a los tipos de interés como el inmobiliario y el financiero. La principal excepción son las grandes compañías petroleras, que han registrado subidas moderadas. El sector tecnológico, por ahora apenas se ha visto afectado, y se percibe como un cierto refugio debido a su menor exposición al conjunto de la economía.
Los mercados globales de bonos no han reaccionado de forma repentina, sino que se han ido produciendo episodios repetidos de volatilidad a medida que el conflicto se desarrollaba y se desvanecía la posibilidad de esa resolución rápida. La rentabilidad de los bonos soberanos a diez años ha aumentado con fuerza en las principales economías, y los diferenciales se han ampliado especialmente en los países europeos con mayor debilidad fiscal. Las rentabilidades a corto plazo siguen al alza, a medida que los mercados revisaban también al alza sus expectativas de inflación y las perspectivas de política monetaria de los bancos centrales. Actualmente, se esperan subidas de tipos por parte del Banco Central Europeo y del Banco de Inglaterra, mientras que los recortes previamente anticipados de la Reserva Federal han quedado descartados. El aumento de las rentabilidades en los bonos es especialmente acusado en el Reino Unido, donde la inflación apenas había empezado a moderarse tras los anteriores shocks energéticos.
El impacto final sobre los mercados de renta fija y renta variable es incierto, al igual que la respuesta de los bancos centrales. Aunque el conflicto tiene, evidentemente, consecuencias graves a corto plazo, las experiencias anteriores sugieren que los mercados pueden sobre reaccionar. El resultado dependerá, en gran medida, de la rapidez con la que se resuelva la situación.
La inversión de impacto como clave
Ahora más que nunca, las inversiones de impacto se perfilan como una estrategia esencial para proteger tanto a las personas como al planeta frente a este tipo de shocks económicos. La principal lección de las guerras en Ucrania e Irán es que la resiliencia a largo plazo depende de la independencia energética. Y para ello es necesaria una expansión rápida de la capacidad y las infraestructuras de energías renovables, junto con una reducción estratégica de las industrias intensivas en energía y de menor valor añadido.
Quienes tienen la responsabilidad política deben abandonar la premisa de que la energía puede ser todavía barata y abundante, al tiempo que las economías avanzan en su descarbonización. Por el contrario, deben planificar una economía caracterizada por un consumo energético menor y mayor bienestar.
La inversión de impacto encarna a la perfección este modelo, al priorizar el desarrollo sostenible. Este planteamiento no solo se alinea con los principios éticos, sino que también favorece rentabilidades financieras sostenibles a largo plazo, al basarse en una lógica económica sólida. Las inversiones de impacto se centran en aquellas empresas y proyectos que generan un impacto social y ambiental positivo, por lo que contribuyen a que el bienestar económico y los límites del planeta avancen de forma conjunta. En el contexto actual de incertidumbre global creciente, las inversiones con propósito se mantienen como una herramienta clave para la estabilidad, la equidad y la resiliencia.
Seguiremos muy de cerca la evolución de los acontecimientos y ajustaremos la posición de nuestros fondos en consecuencia, para afrontar el periodo actual de alta volatilidad.

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