No debemos confundir esa soledad con el aislamiento social, que hace referencia a una realidad objetiva marcada por la falta de contacto con otras personas. La soledad no deseada tiene una dimensión subjetiva y define cómo vivimos nuestras relaciones. Aparece cuando sentimos que no contamos con la cantidad o la calidad de vínculos que necesitamos. No se ve de forma evidente desde fuera, lo que la hace más difícil de detectar. Una persona puede relacionarse a diario o formar parte de una red familiar amplia y aun así sentir una desconexión profunda.
Lo que se vive por dentro no siempre coincide con lo que se ve, y precisamente ahí está una de las claves para entender este fenómeno. El Marco Estratégico Estatal de Soledades 2026 -2030, aprobado por el Gobierno en febrero de este año, recoge esa complejidad al hablar de “soledades”, una manera de nombrar la diversidad de situaciones y vivencias que atraviesan esta cuestión.
Un problema que va más allá de los estereotipos
La soledad no deseada no cabe en una sola imagen. Aunque durante mucho tiempo se ha asociado casi de forma automática a la vejez, los datos muestran una realidad mucho más amplia. En España, el 25,5 % de las personas jóvenes de entre 16 y 29 años asegura sufrir esta situación. La incidencia desciende en tramos intermedios de edad y vuelve a crecer a partir de los 75 años. No estamos ante una cuestión ligada a una etapa concreta, sino ante una experiencia que puede aparecer en varios momentos de la vida.
Tampoco afecta únicamente a las personas que viven solas. Aparece en hogares compartidos, en entornos familiares o incluso en personas con una vida social activa. Paula Martínez, voluntaria durante dos años en un programa de acompañamiento de Cáritas, recuerda que muchas de las personas mayores con las que compartía tiempo después del instituto tenían familia, a veces incluso numerosa. Pero esa red no siempre se traducía en cercanía, escucha o compañía cotidiana.
“Había muchas personas mayores que apenas conocían a sus nietos. Su gratitud hacia quienes íbamos como voluntarias era enorme. Valoraban mucho que dedicáramos nuestras tardes libres a jugar a las cartas o a cantar canciones de su época. Al final, lo que querían era sentirse en compañía y disfrutar”.
Tampoco estamos ante un sentimiento pasajero. Los datos del Observatorio SoledadES muestran que el 67,7 % de las personas que viven esta situación llevan así desde hace más de dos años, y un 59 % desde hace más de tres. Lejos de ser una experiencia puntual, para muchas personas la soledad se convierte en una realidad que no quieren y con la que deben convivir mucho tiempo.
No existe un único perfil, pero sí factores que la agravan
No responde a edades, circunstancias o formas concretas de vida, pero sí hay factores que pueden hacerla más probable. Los problemas de salud, la discapacidad, una situación económica mala, ciertas pérdidas o cambios vitales y la fragilidad de las redes de apoyo influyen en cómo se vive y en los recursos disponibles para afrontar la soledad.
Y esto se traduce en datos. El 50,6 % de las personas con discapacidad afirma que se sienten solas sin quererlo, lo mismo que el 32,5 % de las personas con origen migratorio y el 34,4 % de las personas LGTBI+. Además, es una realidad presente en la mitad de las personas con problemas de salud mental.
A esta complejidad se suma la dimensión de género. Las experiencias de soledad no viven al margen de los roles, las cargas y las desigualdades que atraviesan la vida cotidiana de muchas mujeres. En la población de 16 a 29 años, el 31,1 % de las mujeres afirma sentir soledad no deseada, frente al 20,2 % de los hombres.
Un desafío para la administración pública y el sistema de cuidados
Este sentimiento pasa factura a la salud mental y física de quienes lo viven, pero también tensiona el sistema de cuidados y a las administraciones. En España, su coste total superó los 14.141 millones de euros en 2021, el equivalente al 1,17 % del PIB. Solo en gastos vinculados al uso de servicios sanitarios y al consumo de medicamentos, la cifra asciende a 6.101 millones de euros anuales.
Entender de dónde surge este problema obliga a mirar más allá del malestar individual. Es también hablar de educación, de sanidad, de equilibrio territorial y de desigualdad. Es poner sobre la mesa el acoso escolar o laboral, la salud física y el acceso a la terapia psicológica, la pérdida de población en muchos municipios o la discriminación racial y sexual.
Desde la Fundación Grandes Amigos recuerdan la importancia de medir e investigar, de entender para poder actuar: “Necesitamos datos, indicadores y evidencias que permitan detectar la soledad a tiempo y evaluar qué funciona. No vale una misma solución para todo el mundo. No todas las soledades son iguales, y las respuestas tampoco deberían serlo”.
Con la aprobación de la primera estrategia estatal para detectar y abordar los tipos de soledad, España da un paso hacia una respuesta más estructurada y coordinada, en línea con otros países europeos como Reino Unido o los Países Bajos.
Cuestionar el modelo de vida actual
Aunque este reto se suele abordar desde lo personal o lo asistencial, hay otros factores menos visibles que también cuentan. El diseño de los barrios, los tiempos de vida, la vivienda o los espacios de encuentro social son aspectos que pueden formar parte de la solución, pero también del problema.
El auge de las viviendas vacacionales, el cambio de residencia por motivos económicos o la pérdida del comercio de proximidad han debilitado progresivamente una parte de la vida vecinal que antes actuaba, muchas veces sin nombrarse, como red cotidiana de apoyo. Cuando desaparecen los espacios donde coincidir, reconocerse o compartir tiempo, también se resiente la posibilidad de sentirse parte de una comunidad. Según cifras de la Fundación Grandes Amigos, 9 de cada 10 personas mayores afirman que participar en redes vecinales y de amistad contra la soledad mejora sus vínculos afectivos, su estado de ánimo y su autonomía.
A eso se suman unos ritmos de vida cada vez más marcados por la prisa, la falta de tiempo y una forma de relacionarse que deja poco espacio para pedir ayuda, sostener vínculos o cuidar de otras personas. En ese contexto, la soledad no deseada alerta de las grietas que atraviesan un modelo de vida cada vez más fracturado.
Iniciativas que impulsan el cambio
Mientras que el 90 % de la población considera que combatir la soledad no deseada debe ser una prioridad para las administraciones públicas, un 60 % percibe que son las entidades sociales quienes más están haciendo ante esta realidad en el día a día. En ese espacio entre la responsabilidad institucional y la acción comunitaria surgen iniciativas capaces de reconstruir vínculos y poner los cuidados en el centro.
Fundación Grandes Amigos acompaña a personas mayores para prevenir y aliviar situaciones de soledad no deseada. Lo hace mediante el voluntariado, el apoyo emocional e iniciativas que favorecen el encuentro y refuerzan los vínculos cotidianos. A través del acompañamiento presencial o telefónico, esta organización fundada hace más de veinte años persigue el propósito claro de mejorar el bienestar de las personas mayores y fortalecer sus redes de apoyo.
José Ángel Palacios Merino, coordinador de comunicación y fundraising de la Fundación, asegura que para las personas usuarias el acompañamiento va mucho más allá de esas dos horas. Se trata de “saber que ese encuentro se va a repetir, porque hay un compromiso real de amistad. Genera confianza, bienestar y un sentimiento de pertenencia a una comunidad, que es Grandes Amigos, donde la persona mayor se siente escuchada y tratada de igual a igual, sin paternalismos”.
La vivienda también es un espacio desde el que dar respuesta a esta realidad. Provivienda, asociación que trabaja desde 1989 por el acceso y el mantenimiento de una vivienda adecuada, impulsa programas como Lareira, que plantea fórmulas residenciales compartidas para personas mayores en situación de vulnerabilidad en Galicia, con acompañamiento social y un enfoque basado en la convivencia y el apoyo mutuo.
El desarraigo, la falta de apoyos y la dificultad para construir vínculos estables también pueden traducirse en soledad. En ese contexto, ECCA Social impulsa un proyecto de hospitalidad dirigido a jóvenes migrantes que, al cumplir 18 años, afrontan la transición a la vida adulta sin una red cercana de apoyo. Más allá de ofrecer acogida, la iniciativa trata de generar un entorno de convivencia, acompañamiento y pertenencia desde el que empezar a reconstruir la vida.
La soledad no deseada interpela a toda la sociedad. A las administraciones, por su capacidad para prevenirla y abordarla. A las entidades sociales, por su papel clave en el acompañamiento cotidiano. Y también al modelo de vida actual. Porque combatirla no consiste solo en una mayor conexión, sino en crear las condiciones adecuadas para que las personas puedan sentirse parte de la comunidad.

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