Muchos le advirtieron que era una locura, pero él lo tenía claro. “Había un caldo de cultivo, una clientela esperando”, asegura hoy, con la satisfacción de quien ha seguido su intuición. Lo que comenzó como una aventura personal se ha transformado con el tiempo en un proyecto que alimenta la vida cultural del barrio y fortalece los vínculos del vecindario.
Su espíritu emprendedor, su conocimiento de la industria —tras una trayectoria larga como distribuidor de cine independiente—, su corazón cinéfilo y el amor que lo une a su madre fueron ingredientes esenciales para poner en marcha los Cines Embajadores. El trato cercano y una selección cuidada de películas y actividades han hecho el resto, hasta convertir estas salas en una referencia cultural en Madrid.
El proyecto surgió en un momento en el que Miguel Ángel buscaba estabilidad económica tras años dedicados a la distribución. En un paseo por Arganzuela, donde vivía su madre, percibió una intensa vida cultural, pero también detectó una ausencia significativa. “Este barrio es maravilloso. Tiene de todo menos cines”, pensó. A partir de ahí comenzó una búsqueda que se prolongó durante tres años, hasta dar con el lugar adecuado en el local de lo que había sido una oficina bancaria.

El camino no fue sencillo. Poco antes de la apertura irrumpió la pandemia. “Se decían tantas cosas... Que el mundo como lo conocíamos no iba a volver a existir, que no íbamos a poder volver a juntarnos”, recuerda. Había hipotecado su casa e invertido todos sus ahorros en el proyecto. En medio de la incertidumbre, albergaba además un deseo íntimo porque “uno de mis sueños era que mi madre pudiera estar viva para ver el cine”. Hoy ella sigue asistiendo a las salas, y él a veces programa películas francesas en versión original sólo para ella.
Precisamente lo que distingue a los Cines Embajadores es su forma de relacionarse con el público. Miguel Ángel habla de ello como si dirigiera un pequeño comercio de barrio. “A muchísimos de nuestros clientes los conocemos. Devolvemos cualquier entrada sin hacer preguntas y eso a la gente le parece increíble. No ponemos publicidad”, explica. Tampoco hay máquinas automáticas para comprar las entradas que se venden directamente en taquilla, una decisión muy pensada, para evitar que las personas mayores queden excluidas por la brecha digital.
Ese trato cercano ha contribuido a crear algo difícil de replicar en los grandes complejos cinematográficos, una comunidad. En sus pasillos se cruzan generaciones y perfiles muy distintos. Desde cinéfilos que buscan propuestas curadas, a público jubilado que acude regularmente a ver cine español o familias que van a las sesiones de animación. Esa mezcla forma parte del ADN del proyecto.
Las salas han conseguido acercar al público no solo cine de estreno nacional e internacional, sino también propuestas independientes con escasa presencia en otros circuitos comerciales. “Lo más importante es el sentido de comunidad, que nos podamos encontrar en medio de tanto ruido”, señala la directora Cristina Rodríguez Paz, que recientemente tuvo la oportunidad de proyectar allí su documental.
En el fondo, todo responde a la idea sencilla de recuperar el cine como experiencia compartida. “No es comparable estar en tu casa y ver una película con la magia de la sala oscura”, afirma Miguel Ángel. “Una de las experiencias más bonitas es cuando acaba la película y empiezas a hablar con la persona que tienes al lado… ese pequeño cinefórum de dos personas”.
Este enfoque también se refleja en otros aspectos del proyecto, incluido su impacto en términos de sostenibilidad. Al estar situado en el corazón del barrio, la mayoría de las personas espectadoras llega a pie o en transporte público, y gran parte del equipo vive también en la zona. Las salas, además, son pequeñas y suelen llenarse, lo que permite optimizar recursos y consumo energético.
Con el tiempo, el proyecto ha crecido. Para consolidarlo y abrir salas nuevas en otras ciudades, como Oviedo o Santander, Miguel Ángel encontró apoyo en Triodos Bank. “Llamé a muchas puertas y todas se me cerraron. Hasta que apareció Yolanda”, a quien él mismo define como su ‘hada madrina’ de Triodos, “y entendió que este proyecto era diferente”. La mejor forma de comprender el impacto real de los Cines Embajadores no está en las cifras, sino en pequeñas historias cotidianas. “Un día entró una señora empapada por la lluvia y me dijo: ‘Es que estaba sola en casa y necesitaba salir’”, cuenta. La invitó a quedarse un rato. Hablaron durante más de una hora sobre películas y sobre la vida. “Yo no sé si habré cambiado la vida cultural del barrio”, reflexiona, “pero esa tarde le hicimos a alguien la vida un poco mejor”.
Para muchas de las personas del vecindario, ahí reside precisamente el valor del proyecto. “El hecho de salir de casa para venir al cine y encontrarme aquí con las personas que trabajan, que son encantadoras, lo es todo”, afirma Begoña Núñez, habitual de las salas. “Los cines son un nexo de unión en el barrio. Para mí eso es muy importante”, añade su esposo, Paco.
De hecho, así es como Miguel Ángel entiende su proyecto. Como una pieza pequeña de una cadena mucho más grande que conecta a quienes hacen las películas con quienes las ven. Como él mismo resume con una sonrisa, “somos al cine como los discos de vinilo a la música”. Esta analogía no solo habla de la autenticidad de la experiencia, sino de una forma de resistencia cultural. Porque proyectos como Cines Embajadores recuerdan que la cultura es, ante todo, un tejido que sostiene la vida en común.









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