Jaime entendió que recuperar ese legado no pasaba por dominar el entorno, sino por escucharlo. Decidió cambiar su vida para hacerlo, aprender los ritmos de la naturaleza y aceptar sus límites. Habitar el bosque en lugar de enfrentarlo. El resultado es un vino de alta calidad nacido de un modelo vitivinícola sostenible en el que bosque, fauna y viñedo no compiten, sino que se acompañan. Es una iniciativa replicable que forma parte del programa europeo LIFE CLIMAWIN, orientado a impulsar la adaptación del sector vitivinícola frente al cambio climático.

Las bajas temperaturas no lo disuadieron. Fueron un desafío. Mientras camina entre las viñas, habla con la serenidad de quien ha aprendido a convivir con la incertidumbre. “Cuando arranqué el proyecto no imaginé que la naturaleza iba a ser mi aliada”, confiesa. Procedente de una familia vinculada a la industria agroalimentaria, siempre soñó con aportar valor a la gastronomía. “Nuestro objetivo existencial era elaborar un vino de calidad”. Con el tiempo comprendió que eso no se consigue solo sino técnica, sino que es fruto de la relación con el lugar. “La naturaleza aquí es adusta y no produce cantidad, pero sí calidad”. Y añade que “para la elaboración de vino los lugares fríos son ahora un factor muy positivo debido al cambio climático”.
Desde la loma en la que se alza la finca, el castillo de Peñaranda de Duero (Burgos) recorta el horizonte. Las 240 hectáreas de viñedo permanecen rodeadas por masa forestal, aisladas en plena naturaleza. “Cuando llegamos aquí no teníamos conexión de luz, ni de agua, ni alcantarillado”, recuerda Postigo. El viñedo estaba abandonado y la agricultura dependía de pesticidas. Lo que para otras personas era un paisaje hostil, para él fue una oportunidad. “Belleza en bruto”, resume. No se trataba solo de producir vino, sino de restaurar el equilibrio.
Vivir en armonía con la naturaleza
Esa intuición se transformó en la convicción de que la sostenibilidad debía convertirse en hábito. Corzos, jabalíes y aves forman parte del paisaje cotidiano. “Hemos sido los últimos en llegar. La biodiversidad estaba aquí mucho antes”, reflexiona. De esa certeza nace su ética. Más que blindarse frente al entorno, el proyecto eligió integrarse en él. “Hay que estar y vivir dentro de la naturaleza para entender que ser su aliado es mucho más fácil”.
Soluciones basadas en la naturaleza
De esa filosofía surgen las prácticas que definen el modelo de Bosque de Matasnos. La gestión de herbívoros no se aborda levantando barreras, sino con la creación de puntos de agua y cultivos alternativos que reducen la presión sobre la vid. La ganadería —en concreto el pastoreo regenerativo con ovejas— contribuye al mantenimiento del bosque y al compostaje natural del suelo. Biomasa, agua, energía y residuos se integran en un sistema que busca cerrar ciclos y minimizar impactos.
“Articular la alianza con la naturaleza es entender que eres un pagano del ecosistema”, remarca el enólogo. En esa lógica, la biodiversidad no es un obstáculo, sino una aliada, donde las abejas, además de producir miel, aportan también equilibrio en el control natural de plagas. Sin formación científica específica cuando inició el proyecto, muchas de sus decisiones fueron intuitivas. Con el tiempo, esas prácticas encontraron respaldo en conceptos como agricultura regenerativa o economía circular. La necesidad se convirtió en modelo.
Impacto ambiental y social
Desde sus inicios la bodega mide su huella de carbono y actúa como sumidero de CO₂ en un entorno cuya biodiversidad ha aumentado con los años. “Cuando empezamos a hacer huella de carbono, nadie le prestaba atención”, recuerda Jaime. Hoy esas prácticas forman parte central del debate vitivinícola.
El impacto alcanza también al territorio. Donde apenas había actividad, ahora 24 familias viven directa o indirectamente del proyecto, lo que contribuye a revitalizar esta zona rural de la Ribera Alta burgalesa.
La incorporación de Bosque de Matasnos al programa LIFE CLIMAWIN ha supuesto una validación científica y estratégica del camino emprendido. “Es la constatación de que no estamos trabajando en contra, sino a favor de la naturaleza”, resume Jaime.
El apoyo que consolidó el modelo
Consolidar este modelo exigía construir una bodega autosuficiente —sin conexión convencional a redes de agua ni electricidad—, una inversión que no todos comprendían. “Triodos Bank lo entendió a la perfección”, subraya Jaime. Ese respaldo financiero, alineado con la filosofía del proyecto, permitió materializar una infraestructura coherente con su compromiso ambiental.
Una forma de vida
Más allá de cifras y certificaciones, el proyecto tiene un pulso íntimo. “Mi vocación, sin saberlo, ha sido la naturaleza”, admite. La relación diaria con el bosque, el paso de las estaciones y la espera paciente de cada vendimia han redefinido su identidad. El vino, dice, es “el potencial de encerrar en una botella lo que ha pasado durante un año”. “Es como poner un pequeño verso en medio de la naturaleza”.
Hoy, Bosque de Matasnos no es solo una bodega de altura y sostenible. Es la demostración de que recuperar un legado vitivinícola puede ser también una manera de construir futuro. Cuando la naturaleza deja de percibirse como obstáculo, el vino trasciende la botella y se convierte en relato de un territorio que vuelve a prosperar en armonía.
“Recojo un vestigio que está aquí desde hace miles de años”, afirma Jaime, con la convicción de quien asumió el riesgo de ser pionero y hoy siente la responsabilidad de compartir ese legado. Y en esa actitud hay también una emoción cotidiana: “Ver pasar una ardilla es motivo de alegría en esta casa; es la parte más bella junto con poder embotellar todas las sensaciones contenidas en el vino”.■










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