Antiguamente, los patios de los colegios e institutos eran sinónimos de golpes de balones contra las paredes, del chasquido de la comba en el suelo, de gritos deportivos, bromas y canciones: “Una, dola, tela, catola, quila, quilete, estaba la reina en su gabinete”. Quizá el ritmo acelerado de nuestra vida no nos permite darnos cuenta de que a medida que el alumnado crece hay menos las carcajadas en clase y algarabía en los pasillos.

No es casualidad. La Oficina Regional de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para Europa ha publicado un informe donde advierte que uno de cada siete menores de 19 años vive con problemas de salud mental, cifra que supone un aumento del 34 % desde 2010 y que se agrava con la edad. El suicidio es la causa principal de muerte entre los 15 y 29 años. ¿Qué pasa para que se extienda el malestar emocional entre las personas más jóvenes y qué puede hacer la escuela para evitarlo?

Las ideas autolíticas previas al suicidio no siempre dejanmarca. Es verdad que un niño o una niña puede mostrar con sus dibujos que está muy triste. Si veces no tiene amistades puedes pensar en una desvinculación, en problemas de relación”, explica Javier Urra, doctor en Psicología y en Ciencias de la Salud, académico de número de la Academia de Psicología de España y primer Defensor del Menor. Urra ha dirigido el reciente Vademécum Salud mental y bienestar emocional en la escuela(publicado por Fundación Mapfre, Siena Educación y Grupo Anaya), que da respuesta a 115 preguntas recurrentes de profesionales del profesorado y la orientación para acompañar en el bienestar emocional del alumnado. “Los colegios debemos ser un fonendoscopio de lo que pasa. La depresión infantojuvenil es muy compleja, brota de forma muy distinta. Hay que prestar atención en clase para ver si hay cambios, expresiones como ‘A mí me vais a aguantar poco en esta vida’. Eso es una señal de alerta. También hay que tener confianza conel alumnado, para que te comenten lo que pasa. El acoso escolar es la causa principal de suicidio en esas edades”, añade el experto. El Vademécum diferencia los roles y momentos de actuación del profesorado, equipo de orientación y profesionales escolares de la psicología para una intervención global en la salud mental desde el centro educativo.

¿Qué preocupa a la juventud?

El reciente Barómetro Salud, Juventud y Bienestar de 2025 (elaborado por el Centro Reina Sofía Fad Juventud, en colaboración con la Fundación Mutua Madrileña, a partir de encuestas online a 1.511 jóvenes de España) desvela que un 54,7 % de la juventud ha sufrido problemas psicológicos, psiquiátricos o de salud mental en el último año. De ese porcentaje, casi un 16 % afirma que lo sufre con frecuencia o continuamente.

¿Cuáles son los principales signos de ese malestar emocional? La tristeza (45 %), el cansancio, la falta de energía o apatía (52,3 %) y los problemas para concentrarse (47,6 %) son los problemas más frecuentes. Sin embargo, un 22,6 % no comparte sus preocupaciones con nadie. Y quienes sí lo hacen suelen confiar en su familia, amistades y profesionales para desahogarse y solo un 6,3 % lo habla con el profesorado, con más frecuencia entre los 15 y 19 años.

“En líneas generales, los resultados de este quinto corte del Barómetro nos permiten ver una mejora en muchos de los datos analizados, como en la autopercepción de la salud, tanto física como mental, y se invierte la tendencia negativa que detectamos desde 2021. Pese a esa mejora, hay indicadores que nos advierten de malestares significativos y recurrentes, con problemas evidentes como el estrés y la ansiedad, síntomas cuyos porcentajes no han dejado de aumentar desde que recogemos datos, o las dificultades para conciliar el sueño y el incremento de la soledad no deseada, que nos advierten de problemas que afectan al bienestar a estas edades”, plantea Beatriz Martín, directora general de Fad Juventud.

Los menores con nivel educativo inferior y contextos socioeconómicos que pasan por dificultades declaran peor salud en general y más problemas de salud mental en particular. Cuentan con menos herramientas y menos apoyo social en su entorno, algo que también afecta a su autoestima y al nivel de felicidad. No se trata tanto de la influencia o la presión de las redes sociales, sino del momento histórico que les ha tocado vivir. El paso de la adolescencia a la fase temprana de la edad adulta hace que tomen conciencia de los problemas económicos y laborales que van a afrontar, la dependencia de la economía familiar, la incertidumbre ante el futuro y la dificultad para emanciparse.

La ansiedad y la depresión suelen ir de la mano. Es comórbido. Muchas veces, la receta es antidepresivo y ansiolítico. Lo que pasa es que las edades son distintas porque un adolescente es muy social, depende del grupo. Por eso el acoso escolar es tan grave. En cambio, en la infancia se preocupan más por jugar, no tanto por la relación. La adolescencia es una etapa de cambio. Tenemos muchos problemas de patologías sociales: si tu padre pega a tu madre, sienten el maltrato. Si la familia no llega final de mes, también sienten la carga”, reflexiona Urra. El Vademécum incluye un código QR para que el profesorado pueda enviar sus preguntas, con la seguridad de que habrá un equipo experto que estudiará cada una y dará soluciones y respuestas. “Este trabajo está hecho por y para el profesorado. Va a revertir en el alumnado, sí, pero está hecho para las personas profesionales de la enseñanza porque nace de sus preguntas”.

Neurociencia y felicidad en la escuela

Si la juventud pasa gran parte del día en entornos académicos, quizá parte de la solución sea convertir las aulas en antídotos contra la depresión y ansiedad. En recientes estudios la UNESCO ha advertido de que el mundo necesita con urgencia “escuelas felices”.  Y para eso se basa, entre otras fuentes, en la evidencia neurocientífica que demuestra la relación entre tareas de aprendizaje y áreas cerebrales especializadas en actividades sociales y emocionales. Es decir, sin emoción positiva no existe el aprendizaje, de la misma forma que un alumnado con malestar emocional verá disminuir su progreso escolar.

“En la paternidad se desea que los hijos e hijas aprendan, prosperen y sean felices en la escuela. Sin embargo, la creencia de que el rendimiento académico y el rigor no pueden coexistir con la alegría y el entusiasmo en las escuelas todavía guía las políticas de muchos sistemas educativos”, describe Stefania Giannini, subdirector general de Educación de la UNESCO. “Esta idea es errónea y se traduce en prácticas escolares que priorizan el rendimiento en áreas muy específicas, y se considera la felicidad y el bienestar de estudiantes y docentes como un valor añadido en lugar de un objetivo fundamental”.

En el informe sobre “Escuelas Felices” de la UNESCO se sugiere que los mejores resultados académicos y sociales responden a entornos escolares alegres, con pedagogías estimulantes y atractivas, y con relaciones de apoyo mutuo. “Pero para crear y mantener estos entornos escolares, necesitamos no solo transformar las escuelas, sino también los sistemas educativos. Esto supone volver a inventar la educación para que se ajuste mejor a las exigencias del siglo XXI, con foco en el desarrollo integral de las personas y su capacidad para participar significativamente en la sociedad”, abunda Giannini.

El proyecto de las “escuelas felices” se basa en cuatro pilares: las personas (fomentar el bienestar emocional de los menores y el profesorado), los procesos (a favor de metodologías participativas y aprendizaje significativo), el entorno (escuelas como espacios seguros que favorezcan la convivencia) y los principios (con un enfoque de valores centrados en el bienestar). Y advierte que la dicotomía entre éxito académico y felicidad no es real. Las políticas educativas deberían cambiar de paradigma para convertir las escuelas en espacios comunitarios de bienestar y desarrollo como antiguamente.
 

Para conseguirlo, la UNESCO propone un marco global con 12 criterios, que aportan las herramientas necesarias para su implementación en el sistema educativo. No como utopía académica, sino como la creación de entornos escolares donde se practique diariamente la alegría por aprender y esto contribuya al conocimiento, la empatía y la resiliencia de las sociedades del futuro.