¿Cómo es el proceso de trabajo de un cómic con varias personas directamente involucradas?
Marina Cochet. Los guionistas trabajaron como uno solo y me llegó un guion sólido y de gran calidad artística y humana. Algo verdaderamente trabajado y sin fisuras, cosa que me facilitó enormemente el trabajo de visualizar la historia con toda sus capas. Tuve la suerte, además, de contar con libertad creativa total para componer cada página. Confiaron en mí para transformar en imágenes una historia tan intensa y para expresar las emociones de los personajes a mi manera.
Juan Sepúlveda. Es un proceso verdaderamente interesante y enriquecedor. Trabajar a tantas bandas exige dejar los egos a un lado en favor de la historia. En nuestro caso, fue un esfuerzo conjunto muy fluido en el que creo que supimos sacar lo mejor de cada persona y convertir las diferencias en una sinergia perfecta. La compenetración con Antonio Santos Mercero a la hora de estructurar el guion y el diálogo, sumada a la sensibilidad visual y el uso del color que aportó Marina Cochet, hizo que el resultado final fuera mucho más rico de lo que habría sido de forma individual. Un cómic es, por definición, un arte colaborativo, y en El violeta esa unión de fuerzas se nota en cada página.

¿Cómo surge la idea (o la necesidad) de contar esta historia? ¿Por qué a través de este formato?
J.S. Creo que con El violeta existía una necesidad imperiosa de visibilizar esta parte oculta de nuestro pasado para que se diera ese fenómeno de "ver para creer". A veces, los datos históricos fríos no calan igual que las imágenes, y el cómic tiene la capacidad única de conseguir ese impacto emocional directo. Además, el noveno arte nos ofrecía una ventaja narrativa muy particular por el hecho de no poner a los protagonistas el rostro de un actor real o de una figura mediática, así que la historia esquiva mucho mejor esa "etiqueta política" inmediata que a menudo se le cuelga a una producción cinematográfica antes de verla. El dibujo permite a quien lee empatizar directamente con el drama humano, desprovisto de prejuicios.
M.C. Juan es muy aficionado el cómic, y es la manera perfecta de abordar un tema tan sensible para que llegue al corazón del público. Y yo soy ilustradora, pero sentía el deseo de hacer una novela gráfica. Nunca había hecho ninguna, pero intuía que era algo que quería aprender y que se me daría bien. Empezar con una historia como ésta era arrancar con un proyecto que merecía la pena, por la temática y por la calidad. Así que me subí al tren. ¡Qué acierto!
Los personajes de este cómic son de ficción, pero sus historias se basan en testimonios reales de personas detenidas durante la dictadura. ¿Cómo ha sido el proceso de documentación?

M.C. Yo me documenté mucho por internet, a través de imágenes de época en blanco y negro, lo que me permitió buscar el estilo de la gente de esos años, el entorno... Quería reflejar lo más fielmente posible las escenas y personajes. También tiré mucho de recuerdos de haber visto en películas españolas de los años 50 y 60, y supongo que algo se me quedó en la retina. Y lo que no sabía, me lo imaginé.
J.S. La documentación fue un proceso tan extenso como necesario. No queríamos ficcionar desde la superficie, sino desde la verdad histórica. Para eso hicimos entrevistas con "presos sociales", supervivientes que sufrieron en sus propias carnes la persecución, el desarraigo y el internamiento. Combinamos esos testimonios con una investigación rigurosa que incluyó documentación policial de la época y una revisión profunda de la literatura de especialistas en la historia de aquellos años. Fue un proceso muy variado y complejo, pero fundamental para que cada pasaje de la novela gráfica, por duro que sea, esté firmemente anclado en la realidad de lo que ocurrió.
Si leer el cómic puede llegar a afectar anímicamente, sobre todo en algunos pasajes, recibir tantos testimonios no tiene que ser fácil desde ese mismo nivel. ¿Cómo habéis gestionado desde un punto de vista emocional el proceso de contar esta historia?
J.S. Desde el punto de vista del escritor era un reto inmenso porque resultaba realmente difícil, e incluso imposible, ponerse en su piel y llegar a sentir lo que sintieron. Ese nivel de horror, humillación y sufrimiento que vivieron estas personas es algo que como autores no llegamos a imaginar del todo por mucho que se intente. La gestión emocional consistió en canalizar esa impotencia y ese respeto hacia las víctimas en forma de responsabilidad. El dolor que transmitían los testimonios se convertía en el motor para continuar con la escritura, con el objetivo de hacerles justicia y no permitir que sus historias cayeran en el olvido.
M.C. He "encarnado" cada viñeta que he dibujado. Cuando intentas plasmar lo que se dice, se siente o se vive en cada viñeta, te vuelves ese personaje. Te ayuda a dibujar el gesto o la expresión. He fruncido el ceño mientras dibujaba, me he cabreado, me he angustiado, he sonreído, he llorado. Es inevitable involucrarse anímicamente.
Tristemente, vivimos una época de revisionismo o desconocimiento de la historia reciente y, más concretamente, de la dictadura franquista. Esto afecta especialmente a las personas jóvenes. ¿Por qué y cómo creéis que El violeta y otros cómics ambientados en la época pueden ayudar a divulgar lo que ocurrió y luchar contra esa desinformación “nostálgica”?
M.C. Precisamente por eso, porque les cuesta más leer, son más visuales. Combinar ambas cosas es una manera más amable de integrar la historia de nuestra sociedad. Las fábulas y mitos funcionan de la misma forma, envían un mensaje o aprendizaje a través de un cuento, y el rechazo es menor porque juega a caballo entre la realidad y la ficción. El subconsciente hace mejor su trabajo en ese terreno.
J.S. Ojalá que obras como El violeta sirvan de chispa para que esas personas jóvenes sientan curiosidad y se lancen a investigar más por su cuenta. El cómic es una puerta de acceso ideal porque entra por los ojos y humaniza la Historia. Al rascar un poco en el pasado, pronto se darán cuenta de que esta discriminación y esta homofobia institucionalizada no empezaron ni terminaron con el franquismo. Venían de mucho antes, arraigadas en estructuras sociales y amparadas por gobiernos de todos los signos y colores a lo largo de la historia. Conocer esto es la única forma de combatir los discursos nostálgicos edulcorados que hoy se venden en las redes sociales.
¿Cómo creéis que esta ola revisionista o de regresión afecta en concreto a las libertades y derechos del colectivo LGTBIQ+ en España?
J.S. Es un panorama bastante complejo y preocupante. Hoy en día nos encontramos en un escenario donde los derechos fundamentales del colectivo a menudo se utilizan como arma arrojadiza o moneda de cambio, por un interés puramente político y partidista, sin tener en cuenta que detrás de las leyes hay personas reales. Esta ola de regresión y revisionismo que cuestiona lo ya conquistado genera un clima de crispación y vulnerabilidad muy peligroso. Cuando la política prioriza el rédito electoral sobre la dignidad humana, los derechos de las minorías siempre son los primeros en ponerse en peligro, y por eso la memoria histórica se vuelve más militante y necesaria que nunca.
M.C. Todo lo que no entre dentro del discurso patriarcal es siempre lo primero en ser señalado cuando la parte reaccionaria de la sociedad toma poder o voz, como el colectivo LGTBIQ+, las personas migrantes o los derechos de las mujeres. Y siempre vienen de la mano de autoridades religiosas, que se alinean con ese discurso patriarcal y obsesionados, por lo que sea, con la homosexualidad. La sociedad se polariza cada vez más, y las primeras personas en ser atacadas son siempre las mismas.
La primera edición de este cómic se publicó en 2018. ¿Cómo fue su acogida entonces y cómo ha continuado durante estos años?
M.C. La primera edición voló en un mes o así, lo que fue una sorpresa. Y desde entonces, llevamos 3 ediciones y aún hoy reimprimimos. Esta es muy buena noticia para un cómic a 8 años de haberse publicado. No es común, si tenemos en cuenta la enorme producción de cómics en los últimos años. La competencia es feroz. Es buena noticia porque demuestra que hay un buen trabajo, y porque es un tema siempre vigente e interesante. De hecho, todavía se publica sobre el cómic y nos piden entrevistas, como esta, por ejemplo. Además, hemos vendido los derechos internacionalmente.
J.S. La acogida fue fantástica desde el primer momento. La respuesta nos desbordó. Desde 2018, el interés por El violeta no ha cesado y ha tomado caminos que ni imaginábamos. Nos invitan constantemente a la radio, la obra ha sido objeto de estudio en tesis doctorales, conferencias y se utiliza como recurso didáctico en las aulas para enseñar historia a través de la novela gráfica, además de contar con traducciones a otros idiomas. Ojalá estas historias mantengan su visibilidad a lo largo del tiempo, porque recordar el pasado es el pilar básico para conquistar derechos en el presente y evitar, de una vez por todas, cualquier tipo de discriminación hacia el colectivo LGTBIQ+.
Han pasado ocho años desde la primera edición. ¿Qué ha cambiado y qué no para que este cómic siga siendo necesario?
J.S. Desgraciadamente, la discriminación siempre ha estado ahí, no es algo nuevo. La diferencia es que ahora, debido a la hiperconectividad y a las redes sociales, esa intolerancia es muchísimo más visible y se propaga a mayor velocidad, lo que alimenta derivas políticas muy preocupantes a nivel global. A día de hoy, El violeta tiene un valor casi de advertencia. Si en 2018 era una obra de rescate de la memoria, ahora es un recordatorio urgente de lo fácil que es perder las libertades si nos relajamos y de lo oscuro que puede volverse el mundo cuando el odio se normaliza e institucionaliza.
M.C. Es un tema que para algunas personas es tabú y para otras, polémico. Otras piensan que es necesario... Con perspectiva creo que El violeta ha consolidado su valor con los años. Cuando salió no sabíamos si iba a tener buena acogida, pero con el tiempo me he dado cuenta del poder que tiene este cómic y de lo que representa cuando los derechos avanzan, pero sobre todo cuando retroceden. Todas las personas que nos han escrito un mensajito personal de agradecimiento tras leer el cómic son aquellas que, en una deriva más acentuada, podrían verse amenazadas de nuevo. Son ciclos que se repiten hasta el infinito. Y este cómic es una boya luminosa que indica que la costa está cerca, y que esas personas no están solas y perdidas en el océano.
Si después de leer El violeta una persona os preguntase por títulos similares para conocer historias LGTBIQ+ en formato cómic, ¿qué novelas gráficas se os ocurren? ¿Y otro tipo de literatura?
M.C. El final de todos los agostos, de Alfonso Casas, por ejemplo. Es precioso, tanto la historia como el dibujo.
Y otro que me encantó y que reflexiona sobre el género y la identidad y sobre la sexualidad de una manera genial, es Piel de Hombre, escrito por Hubert y dibujado por Zanzim.
J.S. En el formato cómic y novela gráfica hay obras maravillosas de lectura obligatoria. Recomendaría sin duda un clásico contemporáneo como Fun Home, de Alison Bechdel, que aborda la identidad y las relaciones familiares con una maestría increíble, o El azul es un color cálido, de Julie Maroh, por su enorme carga de sensibilidad.
¿En qué proyectos trabajáis ahora?

J.S. En mi caso particular ahora mismo exploro un registro completamente diferente y en otro formato. Estoy inmerso en el proceso de escritura de una novela inspirada en mi propia experiencia de beca Erasmus. Es un proyecto más personal, vital y con otro tono. Ojalá consiga mantener el foco de atención necesario y pueda darle forma definitiva para publicarla muy pronto.
M.C. Entre otras cosas, tengo un proyecto de cómic de ciencia ficción basado en un relato que escribí hace tiempo, 'Proyecto Oslo', una distopía con un bucle temporal como premisa. Tengo muchas ganas de hacerlo porque nunca he escrito el guion de los cómics que he ilustrado (fui coguionista en mi último trabajo Macarras Interseculares-Astiberri 2025) y porque quiero probar con la ciencia ficción, un territorio también inexplorado. Todo un reto. ■


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