En 2012, la cuenca de la Muga vio arder casi 14.000 hectáreas en menos de dos días. Aquella devastación, sin embargo, se transmutó en una conciencia nueva, la de que el monte, el agua y los pueblos formaban parte de lo mismo, y que el cuidado del territorio no podía quedar delegado en otras personas. 

Oriol Armet, director ejecutivo de la Fundación Pioneers of Our Time, recuerda aquel incendio como “un antes y un después”. “La gente tomó conciencia de la capacidad destructiva y entendió que los grandes incendios devastadores exigen tomar cartas en el asunto”, explica. Desde entonces quedaron instaladas dos preocupaciones muy concretas: “la escasez de agua y la gestión de la sequía” y “el miedo a un nuevo gran incendio”. 

De esa memoria nace, años después, Pueblos que apagan fuegos, una iniciativa para llevar a los municipios y a las escuelas una conversación que ya no puede quedar solo en manos de especialistas y administraciones. La conversación sobre cómo convivir con el fuego, cómo cuidar el paisaje y cómo prepararse mejor ante sequías e incendios cada vez más difíciles de gestionar. 

También en el Alt Empordà, pero desde otra escala, Francesc Font, presidente de The Regen Institute, trabaja esa misma idea desde el suelo. El 21 de octubre, en Can Font, la finca familiar en la que él y su mujer son la novena generación, medio centenar de menores del alumnado de las escuelas de Vilajuïga y de Garriguella plantarán una mariposa de plantas aromáticas de diez por diez metros. Una forma sencilla de explicar que la biodiversidad protege los cultivos, que el suelo vivo produce de otra manera y que la regeneración también se aprende con las manos. 

Pueblos que apagan fuegos, de la Fundación Pioneers of Our Time, y Mariposa de biodiversidad, de The Regen Institute son dos proyectos que forman parte de la convocatoria de matchfunding Territorios de Impacto, impulsada por Suma Impact Foundation y Fundación Triodos.  

El mecanismo es sencillo. Hay un fondo de partida de 5.000 euros, y Suma dobla las donaciones ciudadanas adicionales hasta otros 5.000 euros más. La iniciativa combina esa financiación con acompañamiento estratégico durante un año. Pero lo que muestran estas dos experiencias va más allá del apoyo económico, que renaturalizar un territorio no consiste solo en restaurar ecosistemas, sino en reconstruir vínculos entre paisaje, comunidad y futuro. 

Hay, además, una sensibilidad común en ambos universos, la convicción de que la regeneración también se transmite. Los dos proyectos trabajar desde las escuelas y desde la memoria social. En la Muga se pregunta a las personas mayores cómo ha cambiado el territorio, y en Can Font se aprende de dónde salen los alimentos y se lleva esa conversación a casa. La regeneración no se plantea solo como una intervención sobre el paisaje, sino como una forma de transmitir vínculo, memoria y responsabilidad. 

Una cuenca que aprende a prepararse 

Tras el incendio de 2012, Pioneers of Our Time detectó que el territorio seguía sin contar con un plan de prevención de grandes incendios a la escala que exigía el problema. Entre 2022 y 2024, en diálogo con la Generalitat de Catalunya y agentes locales, impulsó un plan cocreado con veinte municipios y varios departamentos de la administración. 

“El gran reto inicial fue que los municipios entendieran la importancia de planificar a escala de 40.000 hectáreas”, explica Armet. Se acostumbraba a pensar en planes municipales, pero el fuego, el agua y el paisaje no entienden de límites administrativos. “El trabajo conjunto generó una gran complicidad”, dice. “Fue un éxito total”. El plan prevé actuaciones en 2.600 hectáreas y una inversión de once millones de euros en diez años. Para Armet la clave no está solo en conseguir recursos, sino que “el desafío es implementar el plan, y eso exige generar un modelo de gobernanza compartida”. 

Ahí se sitúa Pueblos que apagan fuegos, una segunda fase orientada a llevar la cultura del fuego, la prevención y la relación con el paisaje a los pueblos y a las escuelas. “Para llegar de manera más capilar [se trata de pueblos muy pequeños], aprovechamos el contacto directo con las personas que ocupan las alcaldías y regidurías”, explica Mathieu Durrande, responsable del programa de comunidades regenerativas de la fundación. “Hay uno muy implicado que retransmite la información a los grupos de WhatsApp vecinales de su pueblo”. 

En las escuelas, el trabajo no empieza con el fuego, sino al hablar del paisaje. “No nos centramos en el fuego, sino en una reflexión global”, cuenta Durrande. Las niñas y niños entrevistan a sus mayores y descubren cómo ha cambiado el territorio: la nieve que ha disminuido, el impacto del incendio, la sequía. Luego debaten sobre qué quieren: “pueblos más vivos, bosques limpios, agua disponible para jugar”. Proponen acciones concretas y, al cierre del proceso, descubren que muchas ya están en marcha. “Les demostramos que gran parte de sus propuestas ya están en marcha, lo que les ayuda a tomar conciencia del trabajo real que se hace en su territorio.” 

El reto, añade Durrande, es que espacios como Sentim la Muga no se perciban solo como “una fiesta tipo fiesta mayor”, sino como “una herramienta estratégica” para abordar problemas como el fuego, la sequía, la gestión del río o la biomasa. La intención es “proyectar una imagen de reflexión y de acción y fomentar comunidades resilientes en lugar de dejar toda la responsabilidad en manos de la administración”. 

Una mariposa para explicar el suelo 

En Can Font la regeneración se cuenta desde el suelo. Francesc Font y su mujer son la novena generación en una finca de 40 hectáreas con viñas, olivos y cereal. Durante años trabajaron con agroquímicos, herbicidas y fertilizantes, hasta que observaron que la finca “se moría”. “Nuestros suelos morían, no había vida, no había biodiversidad”, recuerda Font. Aquello no era solo un problema ambiental. “Cada vez era más caro producir, cada vez producíamos menos y el precio era peor”, recuerda. 

Desde que hace 12 años cambiaron a agricultura regenerativa, la materia orgánica del suelo ha pasado del 0,5 % a entre el 3 % y el 4 %, ha aumentado la biodiversidad y ha mejorado la rentabilidad. Esa experiencia dio lugar a The Regen Academy y, después, a The Regen Institute, una organización sin ánimo de lucro orientada a difundir el modelo entre personas agricultoras y consumidoras y en la infancia. “Pensamos que son el futuro del planeta”, dice Font. “Si es que hay futuro”. 

La reacción con las escuelas no es nueva. “Hacemos visitas familiares y de escuelas, y la verdad es que funciona muy bien”, cuenta. En una de las últimas, hicieron una gimcana para identificar plantas del huerto y entender de dónde salen los alimentos. “Fue muy divertido. Y cuando les contamos que es bueno tener mariposas, y mariquitas, y lombrices que se comen las plagas, flipan bastante”. 

La mariposa de biodiversidad nace de ese recorrido. Será una estructura de romero y otras plantas aromáticas de la zona, plantada el alumnado las escuelas de Vilajuïga y de Garriguella. “Les contaremos que, gracias a las abejas, las mariquitas, las lombrices, los pájaros o los murciélagos, nuestros cultivos estarán más protegidos y no tendremos que utilizar ningún tipo de producto para que no tengan plagas ni enfermedades”, explica Font. “De algún modo, contribuirán a que de ahí salgan alimentos más saludables”. Más adelante, volverán a la finca para ver la evolución de la mariposa. 

Para Font, la utilidad del proyecto no se limita a atraer polinizadores. Sirve para crear conciencia en quienes serán las personas consumidoras del tuturo y, a través de ellas, en sus familias. “Que se lo cuenten a sus padres, a toda su familia”, dice. La esperanza es crear, poco a poco, “una red de personas con una conciencia distinta”. 

Más que financiación 

En los dos casos, el acompañamiento de Suma Impact Foundation y Fundación Triodos aporta una dimensión clave. De un lado conseguir fondos, del otro, estructurar mejor las campañas, ganar visibilidad y ampliar el alcance de iniciativas que, de otro modo, podrían quedar encerradas en su territorio. Como apunta Font, “el altavoz que nos da hacerlo de la mano de Suma y de Triodos, es multiplicador y nos permite llegar más lejos”.  

“Nos han ayudado a estructurar mejor esta campaña, ya que nosotros no teníamos experiencia en crowdfunding”, añade. Armet lo plantea con una ambición territorial más amplia, la deque la experiencia de la Muga deje de ser un proyecto piloto y pueda convertirse en un modelo para otras cuencas mediterráneas. No sólo porque permite captar recursos, sino porque ayuda a generar sentimiento de pertenencia. 

Los problemas críticos del mundo que habitamos (incendios más intensos, sequías prolongadas, pérdida de biodiversidad, abandono rural) parecen reclamar siempre respuestas globales. Y las necesitan. Pero estos proyectos recuerdan que la resiliencia también se construye desde abajo, con quienes conocen un territorio, lo habitan y tienen algo que perder si se degrada.  

En este contexto, renaturalizar no es devolver la naturaleza a un lugar vacío de personas. Es volver a entender que paisaje y comunidad forman parte de la misma historia. Cuidar el territorio no es una tarea delegada, es una forma de reconstruir comunidad.