La belleza y la tranquilidad del entorno esconden también una población milenaria que vive en condiciones extremas, con una economía de subsistencia y limitaciones en el acceso al agua o la electricidad, que solucionan con ayuda de voluntariado internacional. Y ese es precisamente el objetivo de la fundación sin ánimo de lucro Acción Geoda, que ha dedicado los últimos 20 años a apoyar a la comunidad local.

El valle del Tessaout, en el Alto Atlas marroquí, donde las aldeas amazigh viven rodeadas de montañas y de verde junto al río. Foto: cedida por las familias

“Acción Geoda surgió a partir de la amistad de un grupo de amantes de la naturaleza, con pasión por conocer nuevos lugares y otras culturas que nos llevó a este rincón casi inaccesible. Cuando llegamos por primera vez no había agua ni luz, nada de sanidad y una educación precaria. Era como si hubiéramos aparecido en el Medievo, como un viaje en el tiempo. Decidimos echar una mano a la gente del valle y volvimos para preguntar qué necesitaban. Pidieron ayuda para canalizar y bombear el agua, que hasta ese momento cargaban y transportaban largas distancias desde los manantiales hasta las aldeas. Así empezó todo”, explica Luis García, presidente de Acción Geoda. Desde su comienzo y siempre en colaboración con la población local, la organización ha apostado por el desarrollo sostenible, social y ecológico, con diferentes áreas de acción, como agua, educación, infraestructuras, sanidad y mujer.

Conexión entre culturas

El pueblo amazigh autóctono es una cultura que tiene en su ADN la hospitalidad y la resiliencia. Conocer su historia de resistencia, sus tradiciones, artesanía y gastronomía es uno de los proyectos que la organización propone cada verano como voluntariado familiar o individual. El viaje combina trabajo solidario (como la instalación de equipamiento necesario o mejoras en las infraestructuras) con talleres infantiles, actividades culturales, excursiones por el valle y una inmersión total con las familias locales.

Víctor Regidor y su hija Luna, de 11 años, durante su estancia en el valle del Tessaout, donde participaron el pasado verano en el campo de voluntariado familiar de Acción Geoda. Foto: cedida por las familias

Víctor Regidor y su hija Luna, de 11 años, visitaron el valle por primera vez el verano pasado de la mano de la ONG. Mochila al hombro, se instalaron junto a varias familias en el albergue acondicionado para que se sintieran como en casa. “La primera aventura es llegar, en furgoneta, por carreteras sin asfaltar. Aquel lugar me recordó las historias de mi madre sobre su pueblo natal en Extremadura, con calles de tierra, casas de adobe sencillas y personas del vecindario que enseguida acuden a recibirte. Y esa sensación de volver al pueblo, a lo auténtico, permaneció todo el viaje”, describe. Recuerda un té y después otro té y después otro té más, endulzados con kilos de azúcar, y largas conversaciones con Hafid, el guía e intérprete local que trabaja de enlace entre las familias y los vecinos.

“Puede que sea un poco diferente la cultura o el idioma, pero la vida es la vida. Lo que llamáis “agua”, aqui lo llamamos “aman”, pero el agua es agua. Lo que importa es lo que compartimos con quienes nos visitan. Agradecemos que lleguen aquí, con sus familias, para descubrir esta zona de selvas, para vivir con la gente de aquí y para compartir la vida”, cuenta Hafid, que cada noche ameniza las tertulias en el porche del albergue con su djembé y sus leyendas.

Valores sobre el terreno

Niños y niñas de la aldea y de las familias visitantes juegan al fútbol, el “lenguaje universal” que les permite entenderse sin compartir idioma. Foto: cedida por las familias

No importa si los niños y niñas de la aldea hablan amazigh y quienes llegan castellano. El lenguaje universal del fútbol y los juegos en el río consigue que enseguida aprendan a comunicarse. “Cuando volvimos del viaje, mi hija contaba a todo el mundo lo que había vivido allí, que cada día era algo nuevo, los bichos que descubría, los juegos y risas en el río. Para ella fue un gran aprendizaje comprobar que se puede vivir con muy poco, reducir todo a lo sencillo, que se puede viajar de forma más colaborativa y conocer y conectar con otras culturas. Se ha creado un vínculo muy bonito con las niñas del pueblo que quiere mantener y me ha pedido que volvamos a repetir el viaje”, añade Regidor.

Para Acción Geoda este tipo de campos de voluntariado sirve a a las personas adultas para explicar sobre el terreno los valores que intentan inculcar en su famiia. “Este tipo de viajes cambia la percepción de lo que tenemos y lo que se necesita. Es más fácil transmitir de primera mano el valor de las pequeñas cosas o del agua, qué significa dejar un grifo abierto. También se transmite el valor de la diversidad. Las niñas y los niños son los primeros que se sienten bien con cualquier persona, sea de la cultura que sea, a través del juego y de mezclarse. Ahí vemos que la infancia no tiene barreras, está inmersa en su vida y en sus juegos”, plantea el presidente de la ONG.

Varios niños amasan pan junto a una familia local durante la inmersión cultural que propone Acción Geoda en el valle. Foto: cedida por las familias

Durante la semana que dura la estancia, la aventura cambia cada día. Desde practicar senderismo entre los cañones del Atlas a descubrir y aprender recetas típicas en los pueblos que visitan, comprobar de primera mano las consecuencias del terremoto que asoló el valle el 8 de septiembre de 2023 (con cerca de tres mil personas muertas y miles heridas), o conocer los proyectos de emprendimiento de las mujeres  que ha puesto en marcha Acción Geoda:“Los hombres pasan gran parte del año en las ciudades y la costa, donde hay trabajo, y envían el dinero que pueden a sus familias. Las mujeres cuidan de de la familia y los rebaños, y nos costó mucho tiempo ganarnos su confianza para poder organizar talleres de alfabetización, formación y emprendimiento. Ahora hay dos pequeñas cooperativas de mujeres en las aldeas”.

Uno de los proyectos desarrollados ha sido la creación y mantenimiento de escuelas para menores de tres a seis años, aún sin escolarizar formalmente, que cuando llegan a la educación obligatoria no saben hablar ni escribir en árabe porque su dialecto es el amazigh. La escuela es a la vez el hogar de las profesoras, todas mujeres, que viven y trabajan en las aldeas, donde también imparten clases de alfabetización femenina y talleres de higiene.

“Desde pequeña tenía la intención de ser maestra porque tuve maestros que trabajaban muy bien y nos enseñaban. Y quería ser igual. Nos dieron una educación que nos ayudó mucho en la vida. Yo tuve el privilegio de ser enseñada por personas buenas y con un alma bonita. Y eso hizo que yo quisiera hacer lo mismo por otra gente”, resume una de las profesoras del proyecto.

Placas solares instaladas por Acción Geoda para que escuelas y pozos funcionen sin aumentar los gastos de la comunidad. Foto: cedida por las familias

Otro de los retos que se propuso Acción Geoda fue instalar placas fotovoltaicas en las escuelas para que la factura de la luz no subiera los gastos de la comunidad local. Poco a poco, con ayuda de las aportaciones de las personas socias de la organización, se amplían las instalaciones solares en los pozos, para que el bombeo del agua que llega hasta las casas tampoco suponga un sobrecoste.

“No queremos ni intentamos cambiar la vida con nuestros proyectos allí, solo acelerar el proceso de desarrollo. El agua iba a llegar, las infraestructuras o mejoras en educación y sanidad iban a llegar. Pero si podemos aacortar el tiempo para mejorar la vida de una generación anterior, es un avance”, reflexiona el presidente de Acción Geoda. Y ese avance llega a través de la prueba y error. Por ejemplo, observaron que las mujeres bajan al río a hacer la colada y en invierno tenían que calentar el agua con hogueras. Construyeron un lavadero en el mismo pueblo, donde llega el agua canalizada, pero apenas lo usan. “¿Por qué? Porque no se sentían cómodas. Ese paseo hasta el río, ese rato de intimidad, de charlar, reír y cantar con el golpeteo de sus palanganas no lo pueden hacer en medio del pueblo”.

Quizá ahí reside el verdadero sentido de estos campos de cooperación, que no pretenden cambiar una realidad, sino entenderla y acompañarla. Quienes regresan y hablan de lo vivido cuentan que volvieron de otra forma, con otra mirada del mundo que les rodea o con la reafirmación de los valores que les impulsó a conocer la cultura amazigh en familia. Cuando el viaje termina, el río Tessaout y sus montañas permanecen, como los lazos creados entre las personas voluntarias  y la población local, mientras Acción Geoda continúa su trabajo.

 

*Acción Geoda es cliente de Triodos Bank.