Durante seis días, una pantalla de cine servirá en Madrid para hablar de una comunidad minera de Bolivia, de un pueblo sami que se enfrenta a un parque eólico, de quienes extraen coltán en República Democrática del Congo o de un grupo de personas que imagina un 2050 en el que la humanidad sí ha conseguido responder a la crisis socioambiental. Son algunas de las historias de la 12º edición de Another Way Film Festival, que se celebra del 20 al 25 de octubre en Madrid y mantiene también parte de su programación en Filmin.

Después de más de una década, quizá la pregunta más interesante ya no sea únicamente qué películas programa un festival dedicado a la crisis ecosocial, sino qué necesitamos hoy que haga el cine por nosotros. Marta García Larriu, fundadora y directora de Another Way, parte de una aparente paradoja. Nunca habíamos tenido tantas imágenes a nuestro alcance y, al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil pasar de una tragedia real al siguiente capítulo de una serie.
“Hemos trasladado la lógica del fast food o la fast fashion al audiovisual”, explica. Una especie de Fast TV, dice, sostenida por una producción incesante y por unos hábitos de consumo que diluyen cada vez más las fronteras entre información, ficción y entretenimiento. “¿No será momento de producir menos, pero con mayor sentido y calidad?”. La cuestión afecta especialmente al cine que intenta explicar la emergencia climática. Durante años fue necesario mostrar aquello que apenas queríamos mirar: incendios, pérdida de biodiversidad, extractivismo, contaminación, desigualdad. Pero, a medida que la crisis ha pasado de los márgenes al centro de la conversación pública, también han cambiado las preguntas.
“Si observo la evolución de nuestra audiencia, diría que hemos pasado de una fase inicial de toma de conciencia y cierta estupefacción ante la crisis climática, a una búsqueda muy activa de esperanza, rigor y aplicabilidad local”, cuenta García Larriu. “El público”, sostiene, “ya no quiere únicamente que le expliquen que algo va mal. Quiere comprender qué ocurre cerca, qué alternativas existen y qué papel puede jugar”. En el festival perciben especial interés por contar historias vinculadas con la soberanía alimentaria, la energía, la salud o nuevas formas de vivir en comunidad. Y el espectador, por su parte, ha dejado de ser “un observador pasivo del colapso” para buscar “herramientas concretas para reimaginar su día a día”.
Después del colapso

También ha cambiado la manera de contar esas historias. García Larriu habla de un cine socioambiental cada vez más sofisticado, capaz de experimentar con la ficción, el documental y nuevos lenguajes para escapar de la vieja estructura de denuncia y catástrofe. Una de las películas que Another Way trae este año, Los sueños que compartimos, de Valentina Leduc, invierte precisamente el punto de partida habitual. En lugar de imaginar qué ocurrirá si fracasamos frente a la crisis climática, sitúa al espectador en un futuro en el que hemos conseguido afrontarla para preguntarse qué tuvimos que hacer para llegar hasta allí.
“Hoy vemos un lenguaje audiovisual mucho más arriesgado, libre y artísticamente maduro”, explica García Larriu. Hijas del bosque juega entre sueño y realidad para entrar en el mundo de los hongos y la micología; Social Landscapes recurre únicamente a imágenes de paisajes y a voces que leen reseñas turísticas reales para mostrar la mercantilización de la naturaleza.
No significa sustituir una realidad incómoda por relatos tranquilizadores. La programación aborda también las contradicciones de la transición energética, el extractivismo o los conflictos entre protección ambiental, territorio y comunidades. Lo que ha cambiado es la búsqueda de otros imaginarios. Desde Another Way lo llaman aplicar una “lente climática”: introducir conciencia social y ambiental en las historias sin que todas desemboquen necesariamente en el desastre. García Larriu defiende relatos “optimistas, realistas y deseables” y una transición desde las narrativas fatalistas hacia otras “inclusivas y regenerativas”.
Porque la esperanza, en este contexto, no funciona para ella como un ejercicio de ingenuidad. “En un momento de saturación y cierta apatía en las audiencias, apostar por historias que devuelvan la esperanza no es una ingenuidad, es una necesidad estratégica con un enorme potencial de transformación”.
Del espectador a la conversación
El festival intenta prolongar además la vida de las películas más allá de la pantalla. Las proyecciones se acompañan de coloquios con especialistas capaces de contrastar datos, aportar contexto y llevar problemas globales al terreno de sus consecuencias locales. Para García Larriu, esa mediación es fundamental. Frente a la acumulación de imágenes y mensajes que caracteriza nuestro consumo audiovisual, el festival busca crear un espacio en el que sea posible detenerse, comprender y construir “un pensamiento crítico propio”.
A todo ello se suman actividades que llevan la conversación fuera de las salas y, este año, un nuevo ciclo mensual que comenzará después del festival y combinará cine, gastronomía y diálogo. La intención es que el cine no termine con los créditos.
Triodos: acompañar antes de que exista la película
También ha evolucionado en estos años la colaboración con Triodos Bank. En 2024, García Larriu explicaba en esta revista que Another Way había elegido trabajar financieramente con Triodos por coherencia con los valores del proyecto. Aquel año el banco participó además en un espacio de emprendimiento social y de impacto. En 2025, la colaboración se trasladó al Pitch, una convocatoria destinada a proyectos audiovisuales todavía en desarrollo.
En 2026, ese programa alcanza su tercera edición. Seis proyectos finalistas (tres documentales y tres largometrajes de ficción) se presentarán ante profesionales de la industria y personas expertas en sostenibilidad y medioambiente. Hay algo significativo en ese desplazamiento: ya no se trata solamente de apoyar las historias a partir del momento en el que empieza la fase de encontrar financiación, sino de intervenir antes, cuando empiezan a existir en la imaginación de las personas creadoras. Ese es también el recorrido que parece haber hecho Another Way durante estos 12 años. Primero fue necesario abrir un espacio a un cine ambiental que apenas encontraba lugares donde mostrarse. Después llegaron las preguntas sobre cómo producirlo de manera sostenible y sobre qué narrativas podían acompañar una crisis cada vez más presente.
Ahora la conversación alcanza un terreno todavía anterior: qué futuros somos capaces de imaginar. Porque quizá ese sea uno de los problemas del mundo que describe García Larriu. Sabemos mucho más que hace una década sobre la crisis climática. Hemos visto los incendios, las inundaciones, los glaciares que retroceden y las especies que desaparecen. Podemos llevar todas esas imágenes en el bolsillo y encontrarlas cualquier día, a cualquier hora. Lo difícil ya no es únicamente conseguir que miremos. Es lograr que, después de mirar, sigamos creyendo que existe algo que merece la pena construir.



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